Lo que desde lejos no son más que matices verdosos sobre el gris metálico de la roca cuarcítica, al aproximarnos son vivas evocaciones a la supervivencia, a la adaptación. Cuando el relieve nos permita pasear junto a los riscos veremos emerger de la piedra muerta chaparras enanas, aunque centenarias, que soportan sequías pertinaces y temporales estremecedores mientras sus raíces se abren paso, milímetro a milímetro, entre inmensos bloques de roca, homogéneos a simple vista.

La evolución de las especies y el afán de los seres vivos por perpetuarse hacen posible que en los sustratos más inertes encontremos encinas (Quercus ilex), enebros (Juniperus oxycedrus), cornicabras (Pistacea terebinthus), arraclanes (Frangula alnus), clavelillos silvestres, globularias, y ombligos de venus (Umbilicus rupestris).

Las diferentes especies vegetales se reparten sobre el planeta de una forma ordenada; aunque vulgarmente se hable de sitios más o menos fríos o cálidos, secos o húmedos; es mucho más complejo determinar los motivos de esa distribución. Los científicos explican cómo los pisos bioclimáticos, los ombroclimas, la geología, los suelos, etc., influyen en la elaboración de los mapas corológicos. Según esto, y partiendo de la región mediterránea, a la que pertenece la mayor parte de la Península Ibérica, y analizando diferencias cada vez menores referentes a composición del suelo, pluviosidad, temperaturas medias y extremas, etc., el territorio se divide en provincias, sectores, subsectores y distritos, encontrando en esta última clasificación el "Distrito Villuerquino", con unas condiciones para la vida diferentes a las de cualquier otro lugar.

Ya se han tratado algunas especies de árboles en el capítulo de bosques, describiéndose encinas, alcornoques, castaños o alisos, así como sus formaciones boscosas.

Además, en esta comarca proliferan otros arbustos y flores, aportando en conjunto una riqueza botánica de gran valor. Al mismo género que robles y encinas pertenece el quejigo (Quercus faginea), que por su aspecto parece estar a caballo entre ambas especies. Cuando pasa el otoño y se desnudan los demás árboles, en los linderos o esparcidos por las umbrías, se siguen apreciando los quejigos, dorados, con sus hojas semicaducas o marcescentes que se mantienen muertas en las ramas gran parte del invierno. Los frutos, como en todos los quercus, son las bellotas, aunque en las ramas jóvenes también se ven "agallas" en forma de bolas marrones, a veces con una corona de pinchitos. No nos confundamos, no son frutos, sino tejidos tumorales que envuelven la puesta de un insecto. Los quejigos son comunes en la comarca, mezclados con robles y alcornoques, o formando bosquetes por sí solos.

El madroño (Arbutus unedo) es un arbusto que crece en zonas umbrosas; en buenas condiciones puede alcanzar dimensiones impresionantes. Tiene hojas verdes durante todo el año y curiosamente florece en otoño, al mismo tiempo que maduran los frutos del año anterior, de manera que se observan conjuntamente sobre él racimos de florecillas blancas y grandes frutos rojos o anaranjados, esféricos y de superficie erizada, que bien maduros son agradables al paladar. Los frutos tienen fama de emborrachar y ciertamente contienen alcohol, de ahí que la traducción más literal de su nombre científico sea: "del arbusto comer uno sólo".