Dos de las grandes águilas ibéricas, el águila real (Aquila chrysaetos) y el águila perdicera (Hieraaetus fasciatus), mantienen aquí buenas poblaciones. Al igual que los buitres leonados, se refugian y crían en las inhóspitas cumbres de las sierras, desde las cuales se desplazan a zonas más llanas para alimentarse. Viven en parejas sobre territorios que conocen a la perfección y donde poseen varias atalayas dominantes que recorren a diario hasta que desde alguna de ellas descubren una presa y se abalanzan hábilmente sobre ella.

Cuando el sistema de caza al acecho no da resultado optan por recorrer volando bajo, a dúo, las zonas abiertas, apareciendo súbitamente en las vaguadas para atrapar algún pequeño animal que al ser sorprendido no tiene tiempo de refugiarse. El mal estado en que se encuentran las poblaciones de animales-presa, principalmente los conejos, hace muy difícil que aparezcan nuevos territorios ocupados, y obliga a las águilas reales a usar como último recurso alimenticio las carroñas, como si de buitres se tratase.

El alimoche (Neophron pernocterus) llega a estas latitudes desde África durante el mes de marzo para reproducirse, y nos abandona en agosto una vez cumplido este menester. Es inconfundible, por ser la única rapaz ibérica, junto con el águila calzada (Hieraaetus pennatus), que combina en su plumaje llamativos contrastes blancos y negros.

Sus hábitos son muy parecidos a los de los buitres: se reproduce también en los riscos, aunque sus nidos casi siempre están ocultos en profundos abrigos que los protegen de las inclemencias, y a la hora de conseguir su alimento y el de su prole, normalmente un sólo pollo, tiene más amplios recursos que aquellos carroñeros; aunque participa en las grandes carroñas, en las que se hace presente antes que sus competidores para comer las partes más blandas, pasa gran parte del día sobrevolando los ríos y las majadas en busca de peces moribundos o placentas de animales domésticos.

El elaborado comportamiento de romper huevos contra el suelo, o el de golpearlos con piedras si éstos son muy grandes, aspecto que con tanto detalle nos mostró el tristemente desaparecido Félix Rodríguez de la Fuente, le ha servido para obtener el agraciado apodo de "buitre sabio".

A pesar de su pequeño tamaño, algo superior al de una paloma, el halcón peregrino (Falco peregrinus) es el incuestionable señor de los altos cantiles y el cielo abierto. Con buena presencia, aunque desapercibida, en esta comarca le gusta establecerse en las rocas que limitan las grandes portillas y que son paso obligado de muchas aves. Posado en lo más elevado o volando altísimo en círculos espera impaciente el tránsito de pájaros por su cazadero.

El espectro alimenticio de este formidable cazador es tan amplio que abarca desde pajarillos, como las golondrinas, hasta acuáticas de varios kilogramos de peso como los ánsares. Cuando sus profundos ojos negros descubren una presa volando, se deja caer en vertiginoso picado para asestar, a más de doscientos kilómetros por hora, una fulminante cuchillada en las espaldas del infortunado pájaro. Esta asombrosa capacidad natural para la caza se ha convertido, paradójicamente, en una desventaja para su existencia.

Desde hace diez mil años, en pleno Neolítico, cuando en las altiplanicies del Centro de Asia empezaron a domesticarse caballos, rumiantes y aves de presa, millones de halcones han sido apresados y adiestrados para la cetrería. Aunque en los días que corren la tenencia de aves de presa está estrictamente reglamentada, aún existen desaprensivos e irresponsables que no dudan en expoliar nidos de rapaces y condenar a sus ocupantes a vivir el resto de sus días en cautividad.