El privilegio de observar el mundo desde las alturas, de ver las cosas desde una perspectiva diferente y recorrer grandes distancias por el cielo al aire libre, nunca mejor dicho, ha sido siempre envidiado por los hombres, que no hemos conseguido sino burdas imitaciones como el planeador, el parapente o el ala delta. Sin embargo, tan ansiada actividad no es más que parte del quehacer cotidiano para un gran número de aves.

Las crestas de las sierras, farallones de cuarcitas que semejan la columna vertebral de los grandes saurios de otro tiempo, son el lugar elegido por muchas de las grandes aves para pasar gran parte de su vida. Su posición predominante, una magnífica vista y un oído bastante superior al nuestro, hacen que puedan seguir la vida bajo ellos dominando con detalle amplias extensiones de terreno, desde allí "al otro lado del abismo". Las tranquilas labores de los campesinos o los días brumosos del otoño, opacos en el fondo de los valles pero radiantes en las alturas, solamente constituyen para ellos un pasatiempo mientras llega una corriente de aire adecuada que los desplace sin esfuerzo en busca de la comida.

Quien más se identifica con esta forma de vida es el buitre leonado (Gyps fulvus), por ende, el ave rapaz más abundante de la comarca, estimándose su población reproductora en unas ciento treinta parejas. Su sosegada vida transcurre en sociedad entre las sierras y los llanos. Durante los días fríos del invierno permanecen horas posados en los cantiles, acicalándose y esperando a que el aire se caliente, lanzándose entonces al vacío en vuelos rasantes, uno tras otro, como si de escuadrillas militares se tratase cruzando portillas y collados. Planearán en círculos aprovechando las corrientes térmicas ascendentes hasta conseguir suficiente elevación como para permitirles recorrer en trayectoria descendente las grandes superficies de dehesa y zonas abiertas que rodean las montañas.

En esta situación, ayudados por su buena vista revisarán palmo a palmo el terreno hasta que uno de ellos descubra un cadáver entorno al cual ya merodean urracas, milanos y cuervos. En ese momento, se iniciará unos de los actos gregarios más impresionantes que se pueden observar en la naturaleza ibérica: "la lucha por la carroña".

Cuando un buitre avista comida desde gran altura comienza a realizar vuelos circulares descendentes. Esta actitud, que es observada por sus congéneres en muchos kilómetros a la redonda, provoca que se unan a él más individuos, y tras comprobar desde el aire que no existe peligro, van aterrizando pesadamente. En posición de máxima alerta esperan en el suelo a que uno de ellos, el más hambriento, se aproxime y empieze a comer. Superado este ritual imprescindible, los demás se van acercando a por su ración. Con un paso balanceante, levantando mucho las patas, las alas semiabiertas, el cuello estirado y emitiendo graznidos, cada uno intentará abrirse paso entre los demás para comer cuanto pueda, conscientes de que transcurrirán muchos días hasta que se vuelva a probar bocado. En pocos minutos comenzarán a abandonar paulatinamente el lugar, con el vuelo pesado que provocan dos kilos de lastre, mientras los más débiles y los jóvenes intentarán obtener algo entre huesos, cartílagos y piel.

Volviendo a los cantiles, las colonias de cría, están formadas por un número variable de nidos colocados sobre la roca. Estos se reconocen fácilmente por ubicarse en las zonas más verticales e inaccesibles y por las manchas blancas que producen los excrementos depositados año tras año. Los buitres leonados pasan gran parte de sus vidas en ellas, criando las mismas parejas en el mismo sitio cada temporada. En la época de la reproducción, entre los arreglos del nido, la incubación y la cría del único pollo, pasan prácticamente los ocho primeros meses del año.

Para cuidar del retoño, uno de los padres permanece constantemente junto a él, dando entrañables lecciones de maternidad cuando, con su propio cuerpo, protegen al pequeño de la lluvia o del sol aplanador del verano.