Al hablar de la relación de unos seres vivos con otros generalmente se utiliza un término muy representativo: la pirámide ecológica. Como su nombre indica, se trata de una pirámide o triángulo dividido en capas horizontales. Cada estrato depende del inferior y sustenta al que tiene por encima. Muy escuetamente, la base de esta estructura está formada por los vegetales, a continuación aparecen los herbívoros, sobre ellos los depredadores y superpredadores, y para terminar, la cúspide la ocupan los carroñeros o necrófagos que se alimentan con los cadáveres de todos los animales que tienen bajo ellos.

En esta estructuración ecológica, generalmente se omite, de forma inaceptable la base real: el suelo, que es el apoyo físico incuestionable para la inmensa mayoría de las comunidades vegetales. Estas se nutren de la tierra que, tal y como la entendemos, se ha formado a lo largo de miles de millones de años por fragmentación de rocas, la acción de infinidad de microorganismos que viven en sus entrañas y el aporte de materia orgánica. Todo este complejo soporte es muy vulnerable a ciertas agresiones, como los incendios forestales, la erosión, o la incontrolable actividad expansiva del hombre, que deterioran gravemente y de forma irreparable la cantidad y calidad del suelo, afectando por consiguiente a toda la vida sobre el planeta.

Del planteamiento anterior se deduce la importancia que tienen los vegetales y como parte de ellos las formaciones boscosas, para la existencia y bienestar de todos los habitantes la tierra, y no sólo por su belleza estética o capacidad productiva para el hombre en forma de frutos, madera, etc., sino por dos factores más importantes para la vida del planeta: su capacidad para retener el suelo, evitando la erosión, y su importancia decisiva en la oxigenación de la atmósfera.