Lejos está el tiempo en que, de forma generalizada, los rebaños de ovejas y cabras permanecían acompañadas durante todo el día por un pastor taciturno y abrigado que silbaba al "carea", tocaba la flauta, y portaba un zurrón de cuero grueso en el que transportaba un chusco de pan y tocino. El rebaño dormía en la "majada", en la sierra, y el pastor, próximo a él, disponía de un chozo de piedra de reducidas dimensiones techado con escobas. Ordeñando por la mañana y al caer el sol, y en tiempo de bonanza trabajando en la elaboración del queso destinado para la venta en el pueblo, o para el autoconsumo. A veces acompañado por una esposa, pero en la mayoría de los casos, en total soledad.

Hoy día aún podemos encontrar estas escenas, pero en general la ganadería ha cambiado de rumbo, han ido desapareciendo los grandes rebaños de cabras de las zonas agrestes, y por tanto invadiéndose los terrenos por jarales y brezales. En general, las explotaciones han variado sus dimensiones tendiendo a ser más reducidas, o bien han virado a ganaderías con una menor mano de obra y mayores beneficios netos.

Esta evolución no debe extrañarnos: las características orográficas del terreno, con fuertes pendientes, permitieron un desarrollo importante del caprino hasta los años 50, pero a partir de entonces el fenómeno de la emigración, que afectó profundamente a estos pueblos diezmando su población activa y la impronta de la sociedad de consumo, que hizo ver otras formas de vida más cómodas y atractivas, hicieron subir lentamente la edad media del cabrero, hasta que, lentamente, esta actividad fue decreciendo.

De los tres grandes bloques ganaderos, vacuno, ovino y caprino, es el ovino el de mayor censo, con casi el 65 % del total de la comarca, aunque el vacuno supone más del 50 % de las UGM (Unidades de ganado mayor). El ganado porcino tiene su representación en la economía de autoabastecimiento, referida a la tradicional y mantenida "matanza", en la que una o dos cabezas son sacrificadas anualmente para el consumo familiar.

A grandes rasgos, la agricultura ha sufrido tres grandes transformaciones en Villuercas-Ibores: antes de la desamortización, después de la misma, y desde la década de los 50 hasta nuestros días.

En la primera fase, y condicionadas por la orografía y climatología, las explotaciones agrícolas aprovecharon intensamente las escasas tierras de cultivo, situadas en valles y partes más bajas de las laderas, lo que condujo a un excesivo minifundismo. Al mismo tiempo, existían amplias zonas comunales en los lugares más inaccesibles y apartados que fueron dedicadas al uso forestal y pastos para el ganado. Por tanto, se complementaban en ese momento el minifundismo privado y el gran dominio comunal.

Tras la desamortización, en el siglo XIX, se despoja a los pequeños propietarios del aprovechamiento de las grandes áreas en las que podían pastar los rebaños, recolectar castañas, etc., asestando así un duro golpe que desembocó en una fuerte crisis para el desarrollo económico de los pueblos.