Cuando uno decide visitar esta tierra por primera vez, lo hace pensando en Guadalupe. La referencia del Monasterio, cargado de Historia, y la de "La Puebla" que lo rodea, con sus casas balconadas, son un señuelo irrenunciable para el visitante. Sin embargo, el camino va llenando de sorpresas nuestro zurrón, y cuando avistamos el pueblo no sabemos si el paisaje que hemos dejado atrás es mas bello que el destino que traíamos, o menos... Por esta razón, volveremos después en viajes sucesivos, y descubriremos sus bosques y arroyos, sus gentes, sus quesos, su caza, y tal vez, si observamos con detenimiento, podremos aprender también de la relación cordial entre el hombre y el medio, del aprovechamiento equilibrado de los recursos naturales, y del buen entendimiento entre la explotación y la regeneración de la naturaleza. La comarca, en general, se mantiene aún bien conservada, pero no debemos echar las campanas al vuelo: en las últimas décadas algunas áreas han sido desprovistas de su vegetación natural para intentar obtener rendimiento con las repoblaciones de pinos y eucaliptos, algunas presas e intervenciones a cielo abierto han herido laderas y valles, y las normas urbanísticas han sido obviadas, o no han existido.

Para los amantes de la naturaleza, Villuercas-Ibores no tiene parangón. Su vegetación alcanza en algunos lugares el máximo desarrollo, y podremos deleitarnos con los mayores bosques de robles de la región, adentrarnos en magníficas masas de castaños centenarios, o admirar "manchas" de encinas tapizando laderas de fuerte pendiente con unas densidades inigualables.

Las chaparras, jarales, madroños y otras especies arbóreas se combinan con cultivos, y en las zonas más bajas abundan los alisos, fresnos, y sauceras. En los lugares más húmedos y sombríos puede observarse una de las reliquias vegetales de la comarca: el Loro, testimonio de los bosques de niebla de la era Terciaria, y que fue desapareciendo lentamente de la península ibérica debido a los cambios climáticos.